HACIA EL HEARTFULNESS 1

MEDITACIÓN CRISTIANA Y MINDFULNESS

Durante una mesa redonda de unas jornadas de reflexión en las que participé hace algunos años sobre el encuentro entre filosofía y psicología, uno de los ponentes aseguró que aquél era un diálogo desigual, puesto que la filosofía (él se dedicaba profesionalmente a ella) era el saber del que se había desprendido esa disciplina que hoy llamamos psicología. Esta disparidad de puntos de partida era, en su opinión, algo muy determinante. El debate se cerró cuando uno de los asistentes (psicólogo) arguyó: «¿Y no puede una hija adulta sentarse ante una mesa para hablar con su madre y clarificarse un poco?».

El ejemplo vale aquí solo hasta cierto punto, puesto que no es que el llamado mindfulness nazca del cristianismo pero sí, ciertamente, de la religión. Lo que hoy conocemos por mindfulness es básicamente la meditación budista que algunos europeos y estadounidenses aprendieron en Oriente cuando eran jóvenes, allá por las décadas de 1960 y 1970, y que, luego, al llegar de vuelta a sus universidades, teorizaron despojándola de toda adherencia religiosa y formulándola en clave meramente secular para, más tarde, pasar a una formulación científica y a una práctica terapéutica. Quizá no todos los que practican mindfulness se sientan completamente a gusto con esta definición; tampoco los que somos cristianos, por otra parte, solemos sentirnos del todo a gusto con lo que la gente dice de nosotros o cree que es la religión.

Lo que la meditación cristiana y el mindfulness tienen en común es, desde luego, el silencio; este territorio compartido es claramente lo esencial, de modo que todo lo que sigue a continuación debe leerse desde esta perspectiva. En mis homilías y artículos suelo recordar a este respecto algo que leí o escuché en cierta ocasión: que la espiritualidad es el vino y que la religión es la copa. Que lo que todos queremos es el vino, por supuesto, pero que ese vino, de un modo u otro, hay que beberlo en una copa. Mal que bien, al igual que otras religiones, el cristianismo ha dado de beber vino en su copa. Parece lógico pensar que si a muchos no les sirve hoy semejante copa quieran cambiarla por otra o, al menos, reformarla para que de ella pueda beberse mejor.

Pero ¿en qué consiste realmente la espiritualidad?, cabe preguntarse. ¿En qué la religión? Para mí es claro: la espiritualidad es el silencio, y en eso consiste el fondo al que quiere conducirnos toda verdadera tradición religiosa; la religión, en cambio, son las palabras y los gestos, los ritos y mitos; podríamos decir también, al servicio de esa experiencia silenciosa, donde se atisba el misterio del ser. Afirmar esto es tanto como decir que sin silencio no hay espiritualidad posible. Y que si las religiones no nos ayudan a enmudecer y a escuchar, degeneran en simple magia o, en el mejor de los casos, cultura.

La pregunta que dimana de este planteamiento es evidente: dado que cultiva el silencio, ¿es entonces el mindfulness una espiritualidad? Mi respuesta es que tiende a ello pero solo en teoría, puesto que muchos de los practicantes que vienen a mis retiros de iniciación al desierto y seminarios de silencio me aseguran que el mindfulness se les queda corto. Con esa expresión, «quedarse corto», aluden a que viven lo aprendido en el mindfulness como simples técnicas en orden a un beneficio psíquico y, por tanto, como una práctica carente de una necesaria dimensión trascendente. ¿Puede cultivarse el silencio y quedarse en una psico-higiene? Esa es, creo, una buena pregunta.

A mi modo de ver, el mindfulness, que en ocasiones ha sido definido como una espiritualidad laica, se va deslizando, conscientemente o no, hacia expresiones y formas inequívocamente religiosas, si bien arropadas por el prestigio que hoy siguen teniendo en Occidente las ciencias positivas. Una religión sui géneris y en clave secular, se entiende, pero religión al fin y al cabo, pues para dar de beber del vino del silencio debe recurrirse necesariamente a algunas palabras y a algunos gestos, que es precisamente lo que caracteriza a las religiones. No es posible acceder al fondo sin formas. El mindfulness está inventando un nuevo lenguaje religioso. O lo hace, o sus usuarios pasarán todos, tarde o temprano, a las prácticas meditativas del zen, del vipassana o de la contemplación cristiana, por citar las más relevantes.

Entiendo que este planteamiento, dicho tan crudamente, pueda resultar discutible; de hecho hay quienes aseguran que se puede ser espiritual sin ser religioso, arguyendo para ello nombres tan ilustres como los de Einstein o Rousseau. No lo niego, pero quisiera saber cómo han sido espirituales esas personas que se citan, cómo han cultivado su silencio, si es que lo han hecho, hasta qué punto el silencio que practicaron era simple y llanamente reflexión, y no vaciamiento. Solo son algunas pistas para pensar.

Hace pocas semanas recibí de una amiga una felicitación de adviento bastante singular. En ella se hablaba de un llamamiento a todo aquel que quisiera adherirse a una meditación mundial cuyo propósito era estar todos unidos de manera libre y abierta para enviar luz y compasión a los lugares del mundo donde se encuentran focos de negatividad. La hora para conectarse serían las 7 de la tarde, pues el 7 —se aseguraba— representa la energía del triunfo frente a los poderes del mal. Este mensaje puede interpretarse como se quiera, pero resulta claro que tras él subyace el mundo de lo religioso.

Por el desgaste propio de la historia y por la necesidad de renovación lingüística, muchos prefieren hablar hoy de Fuente que de Padre, de Camino que de Cristo, de Energía que de Espíritu Santo. ¿Se trata de una mera cuestión terminológica? Y, después de todo, ¿no son «fuente», «camino» y «energía» palabras tan metafóricas como «padre», «hijo» y «espíritu»? Si por el contrario nos li- mitamos a hablar del ser y de otros términos puramente metafísicos,
¿no estará el mindfulness despojando al alma humana de su necesidad de poesía? Tal vez el mindfulness sea precisamente eso: una religión sin poesía.

Por lo que se refiere a la aportación genuinamente cristiana al mundo de la meditación, no tengo dudas al respecto, se trata de: el corazón. Porque el ser humano no tiene un solo ritmo natural—el respiratorio—, al que los meditadores acudimos para, sintonizados con él, acceder al ámbito de lo espiritual, sino dos: el cardiorrespiratorio. La tradición meditativa cristiana, desde los padres del desierto en adelante pero, en particular, con los hesicastas, ha subrayado la importancia de seguir no solo el ritmo de las inspiraciones y espiraciones, sino también los latidos del corazón, asegurando que estando en la vida, estábamos, lo supiéramos o no, en la Vida con mayúscula. Que estar en el presente es la forma para estar en la Presencia, la llamemos Dios o Realidad suprema. Por esta contribución, genuinamente cristiana, propongo que al mindfulness, al menos cuando dialogue con el cristianismo, se le llame heartfulness. Tal vez entonces para los meditadores, creyentes o no, se abra un nuevo mundo.

Pablo d´Ors Sacerdote, escritor y fundador de la red de meditadores Amigos del desierto

1 Juego de palabras en inglés donde se compara mindfulness (atención plena) con heartfulness (que podría traducirse muy libremente como «atención plena con corazón»). No hay traducción exacta para los conceptos ni para el juego de palabras que realiza el autor.